5 verde VIRGEN MANCA
Despierto bajo las imágenes de un mal sueño donde termino mirando en mi mano dos de mis muelas juntas, unidas por una materia elástica seca, que toco con el dedo para confirmar que no es un puente, es blanda y todavía tibia al tacto, es parte de mi encía. Me la coloco en el espacio vacío al final de la mandíbula, procurando que calce exactamente y con la esperanza de que arraigue y se mantenga allí. Es muy enojoso esto de perder los dientes.
Confiar en la providencia y en las virtudes curativas de Quirón, imprimiendo mi mayor disciplina posible, y compasión; siento que algo va a brotar… ojala sean mis adoradas manos, tiernas y verdecitas.
Blanca es virgen, literalmente: una en sí misma, no pertenece a nadie. Su himen está intacto, si es que eso es lo que la curiosidad anhela penetrar, pero además está libre de contacto. No sabemos nada de sus padres, la única familia que le conocemos es un tío inescrupuloso que hace pequeños negocios de moralidad debatible. Blanca vive sola en una casa que ocupa sin permisos claros. Saca el agua con un tobo, de un tanque subterráneo; lanza semillas de auyama entre las plantas florales, agricultura de bajo mantenimiento, quizás también tomate, parchita y lechosa. Se mueve entre objetos y fotos cubiertos de un polvo que no le pertenece. Ajena a todo lo que la rodea en la superficie, su tiempo propio está dedicado a deambular por los bosques virtuales de UNDERLIFE, donde se deja sorprender por la minuciosidad de los detalles de la fauna y flora, probablemente su única habilidad sea la de criar estas bestias imposibles, y su profesión, si tuviera alguna, sería la de criptobióloga, una carrera inexistente.
El tío inescrupuloso le consigue un trabajo dos días a la semana en casa de una anciana, en términos opacos, como parte del trato por el uso de la casa abandonada. Se supone que debe ayudarla en labores domésticas y para todo lo que necesite. La vieja parece un poco chiflada, otros días cruel y exigente. Es evidente que ha tenido una vida no sólo larga, sino llena de asuntos inusitados, y su pasado sigue latiendo con ella en los libros antiguos y polvorientos, los cachivaches viejos, y los cofres apolillados llenos de cartas manuscritas en tintas ocres, azules o verdes. Tiene un enorme y vetusto aparato de radio con perillas de baquelita, en el cual se escuchan voces distorsionadas en idiomas enigmáticos, y a veces chirridos de sirénidos y ballenas. Viste ropajes más que anticuados, absurdos, con encajes en el pecho y los puños; sus zapatos son salidos de un museo del calzado. Tiene tres gatos blancos y negros con los que habla en una lengua impenetrable que Blanca toma por ruso, aunque bien podría ser húngaro. Usa bastón de ébano con empuñadura de plata. Da órdenes precisas y observa a Blanca con una atención que la pone nerviosa. Le pone tareas casi imposibles de realizar, como llevar hasta la mesa un tazón lleno de sopa hasta el borde, sin derramar una sola gota. Blanca aprende a caminar muy lentamente, deslizando el pie sin movimientos bruscos, atenta a cada tensión muscular. Otro día le ordena desmalezar el jardín de las enredaderas invasoras y aparece una estatua de piedra musgosa, una mujer ágil con un arco a la espalda y un venado a su lado; o le pide que le lea en voz alta un libro en el que alguien pasea a la hora de la brisa de la tarde, por un jardín en el que hay dos árboles y un ser con cuatro alas que giran como aspas de molino y una espada de fuego entre las manos.
La misma noche, otra pesadilla: un terremoto en mi casa. No podía hacer nada, estaba manca. Sólo queda esperar a que pase. El viaje para buscar mis manos para escribir ha comenzado. Por suerte voy en buena compañía, esto lo escribimos entre todas, con intención y disciplina.
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