(grabación)
Todo empieza con el deseo. Contar la historia. Por primera vez, otra vez. (¿Desde cuándo estoy contando la misma historia?) Contar una historia es emprender un camino que no se sabe cómo se desenvolverá, y a veces tampoco cómo terminará. Estoy aquí para contar la historia que comienza ahora, o comenzó entonces. Esta es la famosa novela.
Lo importante es comenzar con buen pie. El inicio es fundamental: tiene que convencer, intrigar y atrapar. En el principio era el verbo. Deben poder vislumbrarse las claves de lo que vendrá. Podría empezar introduciendo a quien nos llevará de aventura, sea hidalgo o marinero; o podría empezar frente al pelotón de fusilamiento y remontar la corriente de cien años de historia. O una descripción del paisaje, si el paisaje fuera casi un personaje de fondo. Podría empezar con una frase proverbial. Podría empezar con una coma.
Si fuera una película empezaría en plena acción. Pero no es una película sino una novela, como quería el Dragón Angelical. Probé versionando los 37 mejores inicios y los que mejor me convencieron fueron éstos (elige tu favorito):
· Al final, no importaría que nevara donde nunca había nevado; lo que podía cambiar el destino del fin del mundo era que ella lograra cambiar unos poderes por otros.
· Hay historias que empiezan mal y eventualmente terminan viendo bóvedas estrelladas; en este caso, el que acabe mal o bien va a depender de cuántas decidan caminar hacia el solsticio con intención y disciplina impecable.
· Orzamos hacia la llama en el horizonte.
No sabemos que hemos entrado en la historia hasta que estamos bien adentradas en ella. ¿Es mi historia, o es la tuya? ¿Cuántas estamos caminando en esta historia? ¿Cuántas participamos, vamos detrás del deseo, cuantas estamos comprometidas con intención y disciplina hasta llegar al solsticio? Pero cuando empieza la historia, eso yo no lo sé. Estoy sola. Estoy sola, y no sé en verdad hacia dónde voy. Avanzo, que ya es bastante. O por lo menos tengo la intención de avanzar y continuar hasta el final. Por supuesto, no sé dónde está el final. (Que sería el inicio, pero esto todavía no lo sé.) No sé nada cuando empiezo a caminar sobre la nieve. Tampoco podríamos asegurar que el camino es recto. O si vamos a estar pasando una y otra vez por el mismo lugar, pues hay cosas que se repiten sin duda. Hay quien habla de la espiral; yo diría laberinto. ¿Hay manera, realmente, de contar una historia como una línea?
Hay algo delirante en los inicios.
Tengo la esperanza—la pretensión—de salvar la historia. Yo sé que es ambicioso, pero creo. Creo en sus dos acepciones. La meta es escribir la historia (otra vez). La meta es desalrevezar el fin del mundo (aunque al principio esto no lo sabía). Al principio no sabía nada. Al principio caminaba por el bosque. Al principio me mordió el gato; me mordieron dos perros. Al principio salí con el culo al aire, literal. Con mucha vergüenza, por estar expuesta; pero no había otra manera de salir. Creo en el fin del mundo, aunque eso lo vendremos a saber mucho después.
[Roland Barthes decide, mientras está dando cursos y seminarios en el Collège De France sobre la preparación de la novela—un género que no ha explorado—que ese proceso de docencia es la novela, su novela; y que por tanto ya no es necesario escribirla.]
O también podría comenzar así:
¿Qué sabes al principio? No sabes nada, por eso es el principio. Si es que el principio puede señalarse con el dedo, siempre he tenido esa duda. Pareciera que esta locura da en el mero medio de la vida, aunque no haya manera de calcular la mitad matemática de una vida. Pero es en la mitad porque te llega la locura y te lleva al bosque y te pierdes.
Me llamo Blanca. Esa es sólo la mitad de mi nombre pero de momento basta con eso. Estoy en la mitad de mi vida aunque eso no hay manera de saberlo; vamos a pretender que tengo 17 años y que nací en el medio del fin del mundo, aunque eso no lo sabes todavía. Justo cuando comenzaba a nevar. Quizás no debería decirlo todavía pero estaba el asunto aquel de la leyenda. Mi padre se esperaba grandes cosas de mí, buonanima. En cada cumpleaños me repetía que a mi nacimiento se habían desencadenado los elementos, que había comenzado a nevar donde nunca había nevado.
Eso fue hace una vida entera, mi vida, una extensión de tiempo que me cuesta medir. Esto empezó en el centro del fin de mundo, porque los inicios se inauguran y bautizan en el momento de mayor delirio. Al final, todo tiene que ver con el tiempo. Desde siempre. Cuando estás lista, estás lista.
Hay registro de los hechos. Algunos deben ser contados y otros dejados por fuera. Como cuando tomas una foto y decides qué debes meter dentro del encuadre, y qué eliminar. Quizás tomar una buena foto consiste en escoger bien todo lo que debe ser eliminado alrededor de lo que queremos mostrar. Había que salir, mover el primer pie. Estoy aquí para contar una historia. La misma historia de siempre. Esa historia donde finalmente se trata de que no estoy contando sola la historia. La historia del tiempo.
La historia comienza por cualquier lado. No sabes cómo ni por qué, estás en medio de la calle, con el culo al aire. En ese momento no sabes que empezó una historia, porque las historias no siempre suceden en línea recta. Esta historia tiene que ver con el tiempo, con los tiempos, con quién soy en el tiempo, somos es un palíndromo hermoso. Éramos. Seremos. O pudimos ser, pero preferiblemente podríamos ser. Una historia de conjugaciones. Empiezo sola y nada importa, porque no sé nada. De la noche vengo y voy hacia el solsticio, eso sí es inevitable. Pero ni siquiera está completamente claro de qué lado de la luz estaré, si en invierno o en verano. Siempre podremos celebrar la claridad que resucita, en eso está mi consuelo. Esta historia que es también la tuya. Salimos, partimos, zarpamos sin tener clara la intención, orzamos sabiendo que por el camino la encontraremos. Hay algo delirante en los inicios. Estoy sola, estamos solas. Vamos juntas. Ya veremos. Tiro los dados, las cartas. El azar no abolirá. Cuando todo está perdido en un mundo en ruinas después del fin, camino sola sobre el corazón de la tierra, atravesada por un rayo de sol (ensartada más bien).
Y de súbito…
Orzamos... hacia la llama en el horizonte.
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